,

10. Cuando el diseñador se rompe: ansiedad, miedo y renacimiento

10. Cuando el diseñador se rompe: ansiedad, miedo y renacimiento

Por FrAncisco SilvÁn CorrAl – Diseñador de interiores en Madrid

La grieta que nadie veía

Hubo un momento en mi vida en el que algo empezó a quebrarse por dentro sin que nadie lo notara. Por fuera, todo seguía funcionando: trabajaba, diseñaba, resolvía, avanzaba. Pero por dentro, una grieta silenciosa se iba abriendo cada día un poco más. No fue un derrumbe repentino, sino una acumulación de años sosteniendo demasiado, absorbiendo energías ajenas, cargando con responsabilidades que no siempre eran mías.

Yo seguía diseñando —eso nunca lo perdí— porque el diseño era mi refugio. Era el único lugar donde podía respirar. Mientras dibujaba, mientras creaba, mientras imaginaba espacios, encontraba un orden que no tenía dentro de mí. Pero fuera de ese refugio, algo se estaba desbordando. Tenía demasiada energía, una energía inquieta, eléctrica, que no sabía dónde colocar. Y al mismo tiempo, sentía un vacío extraño, como si una parte de mí se hubiera desconectado sin avisar.

La crisis de 2013: cuando el sector se tambaleó

La primera gran sacudida no fue emocional. Fue económica. El año 2013 llegó como un terremoto silencioso que arrasó con todo. Aunque me entraban muchos proyectos, ninguno podía materializarse. Los bancos no concedían préstamos, los clientes no podían avanzar, y yo me quedaba atrapado en un limbo extraño: mucho trabajo, pero ningún proyecto real. Ideas preciosas que nunca llegaban a construirse. Ilusión que se quedaba en papel.

Ese desequilibrio me afectó profundamente. A mí, y a todos los profesionales del sector.

Se hacían proyectos industriales donde se pagaba a precio de oro por palets para construir estructuras que luego Sanidad obligaba a retirar. Había falsedad, improvisación, desesperación. Todo era inestable. Todo era incierto. Todo era frágil.

Y yo estaba en medio de ese caos, intentando sostenerme, intentando sostener a mis clientes, intentando sostener un sector que se tambaleaba. Fue un golpe muy duro. No solo para mí, sino para todos. Y aunque yo seguía diseñando —porque el diseño siempre fue mi refugio—, por dentro empezaba a aparecer una grieta que no sabía nombrar.

Las manías que intentaban sostenerme

En ese desgaste silencioso aparecieron manías que nunca había tenido. Pequeños rituales, obsesiones, formas de intentar controlar lo que podía porque lo emocional era demasiado grande para sostenerlo. Era como si mi mente buscara refugio en lo concreto, en lo repetitivo, en lo que no se movía.
Un intento desesperado de poner orden donde dentro solo había ruido.

La ayuda de mi madre

Y entonces ocurrió algo que todavía hoy me emociona. Yo no dije nada. No pedí ayuda. No expliqué cómo me sentía. No tenía fuerzas para hacerlo. Pero una madre no necesita palabras.

Un día, sin previo aviso, mi madre me dio una ayuda. No me preguntó nada. No me pidió explicaciones. No me dijo “¿qué te pasa?”. Solo me lo entregó con una mirada que lo decía todo. Dentro había una ayuda, pero lo importante no era eso. Lo importante era lo que significaba.

Era un “te veo”. Era un “sé que estás mal aunque no lo digas”. Era un “no te caigas, aquí estoy”. Era un “para, respira, vuelve a ti”.

Ese gesto llegó justo en el momento más profundo de mi crisis interna. Y ese sobre —tan simple, tan silencioso, tan lleno de amor— me dio permiso para detenerme. Para no poder con todo. Para dejar de fingir que estaba bien.

La recuperación: volver a levantarme trabajando

Después de la ayuda de mi madre, algo dentro de mí hizo clic. No fue una epifanía ni un momento heroico. Fue más bien un gesto íntimo, silencioso, casi animal: levantarme. Como siempre he hecho. Como me enseñaron. Como si mi cuerpo supiera antes que yo que la única salida era seguir creando.

Y me puse a trabajar. Pero no a trabajar “mucho”. A trabajar sin descanso, como si la vida dependiera de ello.

Los proyectos empezaron a llegar uno detrás de otro, y yo los abrazaba todos. No había tiempo para pensar demasiado, ni para dudar, ni para mirar atrás. Solo avanzar. Solo crear. Solo construir.

Hice locales que todavía hoy recuerdo con orgullo.

Tiendas de ropa donde cada detalle tenía alma. Restaurantes que parecían escenarios. Tiendas de bolsos donde la luz era casi un personaje más. Viviendas que se convirtieron en refugios para otros, mientras yo intentaba reconstruir el mío.

Era una etapa de expansión. De crecimiento. De reconocimiento. De demostrarme —sin decirlo en voz alta— que podía, que sabía, que valía.

Pero esa época también tenía una sombra. Había mucha necesidad en el sector. Mucha presión. Mucha urgencia. Y en ese contexto, algunas personas se aprovechaban. No por maldad, sino por supervivencia. Se abusaba de los tiempos, de la disponibilidad, de la entrega. Y no solo conmigo: también con la gente de obra.

Recuerdo situaciones en las que se pedían imposibles, en las que se exigía más de lo razonable, en las que se tensaba la cuerda hasta límites que hoy serían impensables. La gente de obra lo vivía igual: jornadas interminables, cambios de última hora, exigencias que no respetaban ni el cuerpo ni el oficio.

Hoy eso ha cambiado. Hoy, en cuanto alguien percibe un abuso, pone límites. O se va a otra obra. Y me alegra que sea así. Porque nadie debería sostener lo insostenible.

En aquel momento, sin embargo, yo seguía adelante. Trabajaba sin parar. Y esa intensidad, durante un tiempo, me sostuvo. Me devolvió la ilusión. Me devolvió el pulso. Me devolvió la sensación de estar vivo.

Era como si, después de haber tocado fondo, necesitara demostrarle al mundo —y a mí mismo— que todavía tenía algo que ofrecer. Que no estaba acabado. Que aún quedaba fuego.

Y justo cuando ese fuego estaba en su punto más alto… llegó la pandemia.

La pandemia como espejo

Y justo cuando estaba en ese momento de ascenso, de estabilidad, de impulso… llegó la pandemia. El mundo entero se detuvo. Y yo, que ya venía de una crisis profunda y de una recuperación frenética, me encontré frente a un silencio que no sabía gestionar.

No era un silencio creativo. Era un silencio existencial. Un eco que me obligaba a mirarme, a escucharme, a reconocer que llevaba demasiado tiempo sosteniendo sin sostenerme.

La decisión que lo cambió todo

Fue ahí cuando dije: “Aquí pasa algo. Y tengo que solucionarlo.”

Y busqué ayuda. Busqué a mi coach. Busqué una guía, una luz, una mano que me ayudara a entender qué estaba pasando dentro de mí. Ese fue el verdadero punto de inflexión. No la crisis. No la ayuda. No la pandemia. Sino la decisión de no seguir solo. De no seguir cargando. De no seguir rompiéndome en silencio.

El renacimiento

El renacimiento no llegó de golpe. Llegó despacio, como la luz que entra por una rendija. Un día pude dormir mejor. Otro día pude respirar sin sentir un nudo en el pecho. Otro día volví a sentir ilusión por un proyecto. Y así, poco a poco, fui regresando a mí.

Y cuando por fin entendí lo que me pasaba a mí, algo se abrió. Una conciencia nueva. Una mirada más amplia. Una comprensión profunda de lo humano.

Comprendí que no solo yo estaba roto: la humanidad entera estaba en un proceso de ruptura y reconstrucción. Comprendí que los espacios sienten. Que los locales tienen vida propia. Que cada proyecto es un organismo. Que cada obra es un pulso. Que cada cliente trae su historia, su energía, su herida.

Y desde ese lugar, diseño de otra manera. Con más verdad. Con más presencia. Con más conciencia. Porque entendí que el diseñador también se rompe. Y que, cuando vuelve a levantarse, crea desde un lugar mucho más profundo.

FrAncisco SilvÁn CorrAl – adi@arquitecturadeinterior.com – Diseñador de Interiores

Blog – www.ArquitecturaDeInterior.com –

“diseño de restaurantes en Madrid”, “interiorismo estratégico”, “errores al abrir un restaurante”.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Información básica sobre protección de datos Ver más

  • Responsable: Francisco Silván Corral.
  • Finalidad:  Moderar los comentarios.
  • Legitimación:  Por consentimiento del interesado.
  • Destinatarios y encargados de tratamiento:  No se ceden o comunican datos a terceros para prestar este servicio. El Titular ha contratado los servicios de alojamiento web a www.DonDominio.com que actúa como encargado de tratamiento.
  • Derechos: Acceder, rectificar y suprimir los datos.

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos y para mostrarte publicidad relacionada con sus preferencias en base a un perfil elaborado a partir de tus hábitos de navegación. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Más información
Privacidad