Por FrAncisco SilvÁn CorrAl – Diseñador de interiores en Madrid
La colegiación nunca ha sido para mí un simple trámite. Siempre la he entendido como una declaración de compromiso con mi profesión, con la excelencia y con la verdad. En un mundo saturado de títulos dudosos, másters improvisados y caminos acelerados, sé que el diseño de interiores exige rigor, sensibilidad y una formación oficial sólida. Ese ha sido siempre mi camino.
Una vocación que se abrió paso
Yo lo viví en primera persona. Venía de Letras puras —Latín, Griego— y jamás había tocado un compás técnico. No sabía lo que era una perspectiva cónica, ni oblicua. Pero un día, hojeando una revista de diseño, vi un anuncio de la Escuela Superior de Diseño de Madrid, en el Camino de Vinateros. Algo se encendió.
Fui a informarme. Me dijeron que había una prueba de acceso: Historia del Arte, Dibujo Técnico y Dibujo Artístico. Yo no sabía nada de eso, pero tenía claro que quería entrar.
Ese verano fue una carrera contrarreloj. Me apunté a una academia de pintura, estudié toda la Historia del Arte desde los inicios hasta la era contemporánea, aprendí a dibujar, a pintar con pastel… y sí, en el examen fijé el pastel con laca y puse a todos a toser. Luego me confesaron que se habían quedado alucinados con tanta precisión. Quedé entre los primeros.
Y en la Escuela, por fin, fui feliz.
Estudios oficiales: el camino largo, pero verdadero
Estudiar diseño de interiores en una escuela oficial fue mucho más que adquirir conocimientos técnicos. Fue entrar en una comunidad, en una exigencia, en una vocación. Terminé con un 9,3. Y sí, ya sabéis por qué no fue un 10: en una escuela artística había inglés… y aquello, para mí, era otro idioma dentro del idioma.
La Escuela era intensa, exigente, casi como la serie Fama: “Aquí habéis venido a sufrir”. Pero yo lo tenía claro: quería aprender todo antes de enfrentarme a la vida real. Cada asignatura, cada proyecto, cada noche sin dormir me confirmaba que estaba en el lugar correcto.
El reconocimiento que validó el esfuerzo
Mi proyecto final, Kiosco Desafinado, fue premiado por el Decano del Colegio Oficial de Decoradores y Diseñadores de Interior de Madrid, Javier Cobián y Alonso. En la carta oficial destacaba “la dificultad y complejidad del proyecto, la creatividad en la solución adoptada, la exhaustiva información en todos los niveles y la estudiada adaptación al entorno”.
Ese reconocimiento fue la guinda. Cuando fui a recoger el título, todos los profesores lo sabían. El director salió, me entregó la carta, y sentí que todo el esfuerzo tenía sentido.
Me colegié. Lo tenía clarísimo.
La colegiación: confianza, respaldo, comunidad
Estar colegiado en el CODDIM no es solo pertenecer a una institución. Para mí significa formar parte de:
- Un colectivo reconocido por el Consejo General de Colegios Oficiales de Decoradores y Diseñadores de Interior de España (CGCODDI), que representa y defiende nuestra profesión a nivel nacional.
- Una red profesional con asesoramiento jurídico, concursos, divulgación, descuentos y visibilidad.
- Una garantía frente al intrusismo, frente a los caminos rápidos, frente a quienes ejercen sin vocación ni formación.
- Una comunidad conectada con Europa a través de la European Council of Interior Architects (ECIA), que establece estándares éticos, formativos y profesionales para el diseño de interiores en todo el continente.
Ser parte de estas instituciones significa ejercer con rigor, con respaldo y con una visión amplia del futuro de la profesión.
No hace falta comparar caminos para entender que el nuestro exige rigor y verdad. Y lo digo desde la experiencia: esta profesión me ha dado aprendizaje, crecimiento, reconocimiento… pero también lágrimas, silencios y momentos en los que los proyectos no llegaban o se detenían sin explicación. Aun así, nunca he dudado de mi compromiso con un oficio que me ha dado tanto.
Con los años he visto de todo: hay quienes ejercen sin formación oficial, quienes se refugian en másters sin base, quienes llegan desde otras profesiones sin verdadera pasión por esta. Y no lo digo desde el juicio, sino desde la responsabilidad. El diseño de interiores merece respeto, profundidad y verdad.
La colegiación representa precisamente ese compromiso: “Yo he recorrido el camino. Yo estoy aquí para hacerlo bien.”
Y los clientes lo perciben. Lo valoran. Lo agradecen. Porque el diseño de interiores no es solo estética: es ética, es vocación, es comunidad.
La magia de la profesión: prever, narrar, conectar
Un buen diseñador de interiores no improvisa. Nuestro trabajo nace de una escucha profunda, de entender la vida de quien va a habitar ese espacio. Creamos una narrativa específica para cada proyecto, y esa narrativa se traduce en escritos, planos, 3D, detalles constructivos y mediciones que permiten prever lo que va a ocurrir antes de que la obra empiece.
Todo se planifica para que nada quede al azar y para que cada oficio pueda valorar y ejecutar con precisión.
¿Qué puede haber cambios? Por supuesto. Los que el diseñador y el cliente consideren necesarios. Pero incluso esos cambios se integran dentro de un marco pensado, coherente y profesional.
Ahí reside la verdadera magia de nuestra profesión: convertir la previsión en emoción, la técnica en sensibilidad y la planificación en vida.
Ese es el camino que yo he elegido. Ese es el camino que sigo construyendo: el Diseño Emocional.
Diseñar con belleza no basta. Diseñar con responsabilidad es imprescindible.
Cada material que se coloca, cada mueble que se instala, cada decisión que se toma en un proyecto de interiorismo tiene consecuencias reales. Elegir elementos que no cumplen con criterios técnicos —que se queman fácilmente, que pueden volcarse, que no están bien anclados— no es solo un error estético: puede comprometer la seguridad de quienes habitan el espacio.
El diseño de interiores no es decoración. Es previsión, es técnica, es ética. Por eso, formarse en escuelas oficiales, colegiarse y ejercer con rigor no es una opción: es el único camino para dignificar esta profesión.
Diseñamos para personas, no para fotos. Y eso exige belleza, sí, pero también responsabilidad.
Conclusión
Después de todos estos años, sigo creyendo que el diseño de interiores es una profesión que se construye desde dentro: desde la vocación, desde la formación rigurosa y desde un compromiso real con las personas. Nada de lo que he vivido —ni el esfuerzo, ni los reconocimientos, ni las lágrimas, ni las alegrías— habría sido posible sin haber elegido el camino oficial, el camino serio, el camino que te forma de verdad.
La colegiación fue, y sigue siendo, una extensión natural de ese compromiso. Es una forma de decir: “Respeto esta profesión, respeto a mis clientes y respeto el recorrido que me ha traído hasta aquí.” Y eso, al final, se nota en cada proyecto, en cada decisión y en cada espacio que creamos.
Consejo para quienes empiezan o están a punto de dar el salto
Si estás pensando en estudiar diseño de interiores, infórmate bien. Asegúrate de que la escuela sea oficial u homologada, que tenga un plan de estudios serio, profesores cualificados y un enfoque que te prepare para la realidad profesional. Esta carrera no se improvisa: se construye con base, con método y con verdad.
Y si ya estás terminando la carrera, da el siguiente paso: colegiarte. No es un trámite, es una declaración. Te abre puertas, te respalda, te protege y te sitúa dentro de una comunidad profesional que comparte tus valores y tu vocación.
Y, sobre todo, nunca dejes de soñar. En esta profesión, lo que imaginas puede convertirse en realidad. Primero es el pensamiento, luego el proyecto, y finalmente la ejecución.
Ese es el ciclo mágico del diseño de interiores: soñar, proyectar, construir.
El diseño de interiores no es solo crear espacios bonitos, es crear espacios seguros, habitables y llenos de sentido.
Da el paso. Comprométete con la profesión. Construye desde la verdad.
FrAncisco SilvÁn CorrAl – adi@arquitecturadeinterior.com – Diseñador de Interiores
Blog – www.ArquitecturaDeInterior.com –
“diseño de restaurantes en Madrid”, “interiorismo estratégico”, “errores al abrir un restaurante”.


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