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Entrevista a Francisco Silván Corral

Diseñador de interiores, especialista en espacios con alma

Diseño desde la emoción, la técnica y la conciencia. Cada espacio es una historia que transforma a quien lo habita. Desde el primer boceto hasta el último tornillo, diseño como si fuera para mí.

¿Por qué decidiste dedicarte al diseño de interiores?

Desde muy pequeño fui un niño imaginativo. Siempre estaba “en Babia”, como se decía entonces. Imaginaba una vida auténtica, feliz, y por qué no, ayudar a los demás a ser felices también. La moda me fascinaba en todas sus formas, y durante años exploré distintas profesiones. Pero el diseño llegó más tarde, como una revelación.

Crecí en una casa muy pequeña, compartida por seis personas. Mi madre, con una creatividad silenciosa, convertía el salón en dormitorio y el dormitorio en salón. Ese ingenio cotidiano me marcó. Aprendí a observar, a analizar, a reinventar. Era el pequeño de la familia, nacido por sorpresa, y con una diferencia de edad considerable respecto a mis hermanos. Aprendí mucho de ellos, de lo que vivían, de lo que les pasaba. En casa abundaban los libros de arte. Estaban por todas partes. Y aunque mi infancia fue difícil —en un barrio duro— encontré refugio en la fotografía. Durante años fue mi obsesión, mi forma de decir “aquí estoy yo”.

Después del bachillerato, como tantos en mi generación, me sentí perdido. Probé Derecho (me aburría), Psicología (ya me había liberado de mis propios fantasmas). Nada me llenaba. Empecé a trabajar en restaurantes de moda y descubrí la hostelería desde dentro. En uno de ellos, “Paper Moon”, viví de cerca la construcción del restaurante “Nodo” en la Calle Velázquez. Allí vi por primera vez lo que era realmente el diseño de interiores: los planos, los materiales, el prestigio, la repercusión. Me impactó.

Más tarde, al alquilar un apartamento con mi pareja, algo se despertó en mí. Decoraba sin parar, pintaba cuadros con lo que tuviera a mano, incluso vendí alguno. Una amiga me dijo: “¿Y por qué no estudias Diseño de Interiores?” Y ahí empezó todo. Encontré un anuncio de la Escuela Superior de Diseño de Madrid, me preparé la prueba de acceso (yo venía de letras puras y no sabía ni lo que era una perspectiva), y aprobé. Quedé entre los siete primeros. Desde entonces, esta ha sido mi profesión. Y también mi forma de estar en el mundo.

¿Qué diferencia a tu enfoque del diseño respecto a lo que se ve habitualmente en el mercado?

Mi enfoque parte de una convicción muy clara: cada persona es distinta, cada espacio tiene su propia voz, y el diseño debe respetar esa singularidad. No repito muebles, lámparas ni materiales de un proyecto a otro. Me exprimo los sesos por y para el cliente, escuchando también al espacio. ¿Está triste? ¿Qué necesita? ¿Qué quiere contar?

Diseñar no es decorar. Es interpretar. Y también es asumir una responsabilidad económica: todo lo que propongo cuesta dinero. No se puede proyectar sin tener en cuenta ese freno real. Por eso cada decisión debe tener sentido, peso, propósito.

En los últimos años he tendido a crear espacios con personalidad propia, llamativos, únicos. Me encanta el arte, lo considero inmortal. Y aspiro a que mis creaciones también lo sean: que no envejezcan, que no se diluyan, que sigan emocionando con el paso del tiempo.

No diseño para gustar a todos. Diseño para que el cliente se reconozca en ellos. Para que cada proyecto tenga sentido, alma y permanencia. Y eso, en un mercado saturado de fórmulas repetidas, es radicalmente distinto.

¿Qué papel juega la emoción en tus proyectos?

Mi vida está llena de emociones, de sensibilidad, de aprecio, de cariño. Y eso se filtra en cada proyecto, desde el primer contacto.

Cuando un cliente me llama por primera vez, escucho su voz, su forma de expresarse… casi siento cómo le late el corazón. Cuando lo conozco en persona, lo observo con atención: sus gestos, su postura, su mirada. En el fondo de los ojos hay información que viene directamente del alma. Y esa es la información más valiosa: la que me dice lo que realmente necesita esa persona.

Después, cuando conecto con el espacio, ocurre algo mágico. A mi mente llegan imágenes, sensaciones, intuiciones, información. El espacio me habla. Me dice lo que necesita para evolucionar de forma favorable.

Cuando llego a mi mesa de dibujo, no empiezo con medidas ni estilos. Empiezo con una historia. Un Briefing que nace de dentro, que traduce lo que ese espacio quiere ser, lo que esa persona necesita vivir. Hago un estudio profundo, informativo y emocional. Y de ahí nacen las ideas que luego se plasmarán en el proyecto.

No diseño para decorar. Diseño para conectar. Para que el espacio hable el mismo idioma que quien lo habita.

¿Qué opinas de las tendencias en diseño de interiores?

            Nuestra profesión es bellísima por sí sola. No necesita seguir ninguna moda para ser una de las disciplinas que más bienestar y vida aporta a las personas. El diseño sirve para evolucionar, para crear soluciones nuevas, no para repetir lo que está de moda.

Yo personalmente no sigo tendencias. Llevo muchos años en la profesión y he visto cómo lo que hoy se considera “bonito” mañana se convierte en un peso. Respeto profundamente la arquitectura y todo aquello que va a quedarse fijo durante años: los tonos, los materiales, la estructura. Prefiero que esos elementos tengan un aspecto neutro, duradero, coherente.

¿Quieres jugar con lo efímero? Hazlo con un jarrón, un cojín, una lámpara decorativa. Pero los tapizados, los revestimientos, los muebles fijos… Esos deben resistir el paso del tiempo. Un sofá debe lucir igual de hermoso hoy que dentro de veinte años.

Diseñar una cocina, por ejemplo, es diseñar para casi toda una vida. Hay que tener especial cuidado con los muebles, los acabados, los materiales. Una pared pintada se puede cambiar. Pero un revestimiento mal elegido se convierte en un pesar.

Por eso no sigo tendencias. Sigo la lógica del espacio, la emoción del cliente y la responsabilidad de que lo que diseño… dure.

¿Cómo abordas los proyectos de hostelería, donde el diseño debe emocionar y funcionar a la vez?

He tenido una formación y experiencia muy amplia en el mundo de la hostelería. Conozco la profesión desde dentro, y eso me da criterio real a la hora de diseñar espacios que no solo funcionen, sino que emocionen.

Cuando abordo un proyecto de hostelería, lo primero que hago es ubicar en plano todo lo necesario desde el punto de vista normativo: cocina, almacenes, cuartos de basura, vestuarios, zonas técnicas, insonorización del perímetro… Solo cuando todo eso está resuelto, me enfoco en lo que la gente ve. Y más importante aún: en lo que la gente siente.

Cuando alguien sale a tomar algo, quiere que su dinero esté bien amortizado. Busca una experiencia. Los restaurantes deben emocionar, deben servir para conquistar, para enamorar. No solo para alimentar, sino para dejarse ver y ser visto.

Lo mismo ocurre con otros espacios de hostelería. Una discoteca no es solo música y baile. Es brillo, es relación, es deseo, es vida.

La belleza no está reñida con la funcionalidad. Y ambas, unidas a la emoción, hacen que el ser humano se sienta integrado, que su corazón lata, que viva.

Por eso me pongo en la piel del empresario, del cliente que va a consumir… Y también —importantísimo— en la piel de quienes van a construir ese espacio. Porque un buen diseño no solo se piensa: se vive, se ejecuta, se respira.

¿Qué responsabilidad tiene un diseñador frente al cliente y frente al tiempo?

La primera responsabilidad de un diseñador es que lo que propone… se pueda ejecutar. No basta con que el diseño sea bello o emocionante: debe ser viable, realista, acorde al presupuesto y a la capacidad del cliente para llevarlo y sostenerlo.

He trabajado con cientos de clientes a lo largo de mi carrera. Y sé que lo que puedo ofrecer a uno, no necesariamente lo puedo ofrecer a otro. Por muchos motivos: porque no lo va a saber explotar, porque no tiene los recursos, porque necesita otra escala. Mi labor es que el diseño se haga realidad. Y con los recursos que haya, siempre consigo que el cliente se sienta único, especial. Nunca comparo presupuestos. Nunca comparo personas.

Para mí, esta profesión es como la de cualquier artista. El valor de un diseño mío es altísimo, porque es una creación. Crear algo de la nada es valiosísimo. Y en mi vida, literalmente, he hecho un mundo desde la nada. No provengo de una familia rica, ni tuve contactos al acabar la escuela. Ha sido mi vocación, mi perseverancia, mi forma de no parar… lo que me ha traído hasta aquí.

Yo trabajo solo. Siempre he puesto el ejemplo de Picasso: ¿te imaginas que alguien metiera mano en sus cuadros?

A lo largo de los años he creado muchas obras. Las tengo clasificadas, ordenadas por fecha. Aunque los interiores cambien, los bocetos, los escritos, las fotografías… quedarán para siempre. Todos mis diseños están planificados con antelación y confirmados con el cliente. Eso nos diferencia del intrusismo: nosotros sabemos prever, plasmar, ejecutar. No improvisamos durante la obra. No hacemos pruebas sobre la marcha.

Como diseñadores de interiores, tenemos el compromiso —y la responsabilidad— de que cualquier diseño sea perdurable en el tiempo. Como mínimo, diez años. Y si está bien hecho… toda una vida.

¿Qué te inspira fuera del mundo del diseño?

Me inspira todo. El arte, la música, la literatura, la arquitectura… Pero también las emociones, una mirada, un silencio, una intuición.

Desde hace unos años practico meditación. Y la apertura mental que me ha dado es profunda. No tiene nada que ver con lo místico ni lo espiritual en sentido dogmático. Es conexión. Con uno mismo, con el espacio, con lo que realmente necesita ser transformado.

Cuando medito, puedo preguntarme: ¿Qué necesita este lugar para convertirse en único? ¿Qué lo limita? ¿Qué quiere expresar?

Desde ahí nacen las grandes creaciones. Ya no necesito inspirarme en lo que han hecho otros. Me inspiro en lo que el espacio necesita para evolucionar. Sin ruido. Sin limitaciones.

Es una especie de abstracción lúcida. Imaginas ese algo especial que hará florecer el proyecto en su máximo esplendor. Para que las personas vivan en paz. Para que no haya discusiones. Para que se sientan a gusto en su hogar o en su negocio.

Diseñar desde el interior es diseñar sin miedo. Es dejar que el espacio hable. Y que tú, como diseñador, sepas escucharlo.

¿Qué consejo le darías a un cliente que quiere reformar su espacio pero no sabe por dónde empezar?

Lo primero —y lo más importante— es ponerse en manos de un profesional del diseño de interiores. Estamos en el siglo XXI, y contar con alguien formado, colegiado y con experiencia no es un lujo: es una necesidad.

Reformar un espacio no es solo cambiar muebles o pintar paredes. Es repensar cómo se vive, cómo se trabaja, cómo se siente ese lugar. Y eso requiere criterio, técnica y sensibilidad.

Cuando me llaman para una reforma, lo primero que hago es conversar con las personas involucradas. Escucho, observo, analizo. Ya en ese primer encuentro empiezo a intuir cómo puede ser la transformación.

Después mido todo el espacio con exactitud, hago fotografías para no perderme ningún detalle, y recopilo lo que llamamos el programa de necesidades: ¿Qué se necesita? ¿Qué se desea? ¿Qué se puede hacer?

Solo cuando todo eso está claro, empiezo a trabajar en una posible distribución. Y desde ahí, el proyecto empieza a tomar forma.

Mi consejo es claro: No empieces por Pinterest. Empieza por ti. Por lo que necesitas, por lo que sueñas, por lo que puedes sostener. Y deja que un profesional te acompañe en ese proceso. Porque un buen diseño no solo transforma el espacio. Te transforma a ti.

¿Cómo te gustaría que se reconociera tu trabajo dentro de diez años?

Me gustaría llegar a cierta edad y sentirme profundamente orgulloso. De todos los proyectos que he realizado. De todo lo que he aprendido. De todas las anécdotas que me han acompañado. De las personas a las que he podido ayudar. De las vidas que he tocado. De las almas que, de alguna forma, se han elevado gracias a un espacio bien diseñado.

Ese es el reconocimiento que realmente importa. Y empieza por mí mismo. Por mirar atrás y saber que lo que hice… lo hice con verdad.

No me interesa el aplauso vacío. Me interesa que mi trabajo haya servido. Que haya dejado huella. Que haya hecho sentir.

Y si algún compañero necesita mi ayuda, mi consejo, mi experiencia… La va a tener. Siempre. Porque eso también forma parte del legado. Compartir lo aprendido. Y seguir construyendo, juntos, espacios que importan.

¿Qué significa para ti “diseñar la sensación de estar en el cielo, viviendo en la tierra”?

Para mí, esta frase resume lo que debe sentirse cuando un diseño está completo. Cuando ya se han ido todos los gremios, cuando el polvo se ha asentado, cuando el espacio respira por sí mismo… La persona —o la familia— debe sentir paz. Debe sentir entusiasmo. Debe sentir esa especie de enamoramiento que ocurre cuando algo está bien hecho, bien pensado, bien sentido.

Pero no es una evasión. No es escapar de la realidad. Es estar en la tierra, con los pies bien puestos, y aun así sentir que el alma flota. Que el espacio te cuida. Que te eleva.

Diseñar la sensación de estar en el cielo, viviendo en la tierra… Es crear un lugar donde todo encaja. Donde se puede vivir con plenitud. Donde el diseño no impone, sino acompaña. Donde el cliente se reconoce, se calma, se inspira.

Eso es lo que busco en cada proyecto. Y cuando lo consigo, sé que ese espacio… ya tiene alma.

¿Cómo abordas el diseño desde cero para nuevos negocios?

Estos proyectos son los mejores. Porque no hay nada. Y eso significa que no hay que adaptar ni aprovechar elementos existentes: se puede construir desde cero, con total libertad y responsabilidad.

Lo primero que hago es una medición exhaustiva del espacio. Incluyo alturas, instalaciones prediseñadas, recorridos, proporciones. Dependiendo del tipo de negocio, consulto las normas urbanísticas para saber qué exige la actividad. Eso se encaja lo primero, para saber exactamente qué espacio queda disponible para empezar a diseñar.

Después elaboro un Briefing completo. Incluye información técnica, estudio de competencia, análisis de mercado… Y desde ahí empiezo a crear. Las primeras ideas suelen ser escritas, casi narrativas. Me imagino a los propietarios regentando el negocio. Me imagino al público entrando y quedándose con la boca abierta.

Como diseñadores de interiores, tenemos el deber de ser creativos. No de copiar lo que ya existe. La innovación es parte de nuestra responsabilidad: hacer cosas distintas, que emocionen, que diviertan, que funcionen.

Una vez que doy con esa creatividad, la plasmo en un diseño 3D. Y ese diseño será exactamente lo que se ejecute en la realidad. Sin sorpresas. Sin improvisaciones.

Diseñar desde cero es diseñar con visión. Y también con respeto: por el espacio, por el negocio, por las personas que lo van a habitar.

¿Qué importancia tiene la dirección de obra en tu trabajo?

Para mí, no hay proyecto si no hay dirección de obra. Soy el creador. Y cuando presento el diseño en 3D, ya he construido mentalmente todo el espacio. Conozco sus puntos fuertes, pero también sus debilidades. Mi método me permite anticiparme a lo que va a suceder durante la obra. Nada se improvisa.

Siempre acompaño al cliente en todo el proceso. A menudo me encargo personalmente de comprar los materiales o de coordinar los pedidos, para que no falte de nada durante la ejecución. Eso libera al promotor de una labor engorrosa y garantiza que todo esté bajo control.

Durante la obra hay que tratar con diferentes gremios. Cada uno va a lo suyo. Y sin una figura que unifique, el resultado puede fragmentarse. El diseñador de interiores debe estar pendiente de todo. Debe unir a las personas que van a ejecutar la obra. Debe traducir el proyecto en instrucciones claras, precisas, humanas.

Cada proyecto lo vivo en primera persona, como si fuese para mí. Estoy pendiente hasta del último detalle. Me reúno con los gremios y proveedores para explicarles cada pieza que deben fabricar. Y estoy disponible para cualquier consulta que les surja. Porque una buena ejecución no depende solo del diseño. Depende de cómo se acompaña.

Diseñar es imaginar. Dirigir es cuidar. Y yo no concibo lo uno sin lo otro.

¿Qué aprendiste diseñando espacios tan distintos como una iglesia, un restaurante o las exposiciones de diseño?

Soy un diseñador de interiores sin límites. Durante mis estudios en la Escuela Superior de Diseño de Madrid nos enseñaron a abordar desde un stand efímero hasta un recinto ajardinado con pabellones. Y eso me dio una base sólida para entender que el diseño no tiene fronteras… si la imaginación es poderosa y la vocación es firme.

Cada proyecto me transforma. Cada contexto exige respeto, escucha y entrega.

En la iglesia conecté con los fieles. Con esa necesidad de estar bien consigo mismo, de encontrar paz, de creer en algo que no se ve pero se siente. La fe es eso: confiar en que todo puede ir mejor, aunque la vida nos ponga a prueba. Y el espacio debía acompañar esa búsqueda, sin ruido, sin artificio.

Creo sinceramente que hemos venido a ser felices. Y muchas veces el error está en querer más de lo que ya tenemos, sin valorar lo que llega a nuestras vidas… que quizá es perfecto para vivir en paz y en armonía.

En los restaurantes, el enfoque es distinto pero igual de profundo. La gente va a gozar: del espacio, de la cocina, de la compañía. Ese estado de placer libera hormonas como la dopamina (motivación: impulsa el deseo, la recompensa y la sensación de logro), la serotonina (equilibrio: regula el estado de ánimo, el sueño y la estabilidad emocional), las endorfinas (alivio: actúan como analgésico natural, generando placer y reduciendo el dolor) y la oxitocina (vínculo: fortalece la confianza, el apego y las relaciones afectivas). Todas ellas están relacionadas con el bienestar emocional. Y a mí me encanta ver a la gente feliz. Porque cuando alguien es feliz, contagia. Y el mundo —aunque sea por un instante— se vuelve mejor.

Las exposiciones de diseño son otro universo. Ahí el espacio se convierte en escenario. Diseñas para disfrutar como creador, para provocar, para emocionar. Quizá muchos de esos conceptos no se llevarían a cabo en la vida cotidiana, pero el impacto queda. Yo las veo como desfiles de moda: no todos los trajes son para ponértelos cada día, pero ¿Quién va a un desfile que no sea espectacular? Son narrativas visuales, casi teatrales, donde puedes desbordar tu creatividad y dejar huella.

Diseñar es adaptarse. Pero también es elevar. Y cada proyecto, por distinto que sea, me recuerda que el diseño no es solo técnica. Es emoción, contexto y transformación.

¿Cómo integras el diseño 3D en tu proceso creativo?

Desde siempre he dominado las técnicas 3D. En la Escuela Superior de Diseño de Madrid se abrió un mundo para mí. Empezamos haciendo perspectivas a mano, dándoles color y textura con acuarelas y lápices. Era un proceso super creativo… pero también frágil. Si se estropeaba el agua de la acuarela, había que empezar de nuevo.

Hoy, algunos proyectos me generan más de cien infografías. Y puedo hacer cualquier modificación en cuestión de horas o días, según la magnitud. Pienso en lo que hubiera sido trabajar en la época del rotring, de los planos a mano, de las correcciones imposibles… Y doy gracias a la vida por la época que nos ha tocado vivir. Tenemos todo a mano. Para todos los públicos. Y muchas veces no nos damos cuenta de esa felicidad. De lo afortunados que somos.

El 3D es una herramienta poderosa. Sirve para crear, para visualizar, para emocionar. Permite mostrar a un promotor cómo será su proyecto en la realidad. Y también sirve para los oficios que van a ejecutar la obra: ven exactamente lo que tienen que construir.

En muchos de mis proyectos, los diseños no son fáciles. Me gusta jugar con pintura en paredes, con combinaciones atrevidas de color y materiales. Y sin el 3D, sería imposible imaginar cómo se verá todo eso en conjunto.

Hay clientes que, al ver la infografía, me dicen: “Seguro que en la realidad no se va a ver tan espectacular.” Y cuando el proyecto termina, siempre me dicen: “Es mucho más bonito en la realidad.” Y eso ocurre porque lo sienten. Porque ese diseño emocional que plasmo… les llega. Les transforma.

El 3D no es solo técnica. Es emoción anticipada. Es una promesa cumplida.

¿Qué valoras en los materiales y servicios que eliges para tus proyectos?

Para mí, un material tiene que emocionarme. Tiene que hablarme. Hay materiales que me elevan el alma. Y otros que me asientan en la tierra. Y en esa combinación —entre lo que vibra y lo que sostiene— nace el equilibrio de cada proyecto.

Casi todos los materiales provienen del interior de la tierra o de los árboles. Por eso, la conexión con la naturaleza está siempre presente. No es decorativa. Es esencial.

Hay algo que me gustaría subrayar: las plantas. Son seres vivos que dan vida a los interiores. Por muy bellos que luzcan los espacios, si no sabes cuidarlas… se mueren. Quiero abrir esta conciencia al público. Las plantas no son un adorno efímero. Son parte del ecosistema emocional del diseño. Y siempre que se elija colocar una planta, debe ir acompañada de un manual de cuidados. Porque cuidar un espacio también es cuidar lo que vive en él.

En cuanto a los oficios, siempre intento motivar a las personas que ejecutan la obra. Sé perfectamente que el resultado mejora cuando el trabajador está contento. Esa alegría se proyecta sobre el paramento en el que está trabajando. Y esa es la razón por la que hay espacios donde entras y te sientes acogido… Y otros, por muy bonitos que sean, de los que estás deseando salir.

En cada proyecto que realizo, los materiales no son solo elementos técnicos. Son parte de una narrativa emocional, ética y estética. Por eso, valoro profundamente a los proveedores que entienden esta visión. Aquellos que ofrecen calidad, sí. Pero también alma, compromiso, respeto por el entorno y por las personas que lo habitan.

Estoy creando un apartado especial en mi blog para reconocer a esos proveedores. Marcas que merecen ser nombradas, no por publicidad, sino por coherencia. Y sí, será un espacio editorial con valor: Quien quiera aparecer, deberá estar alineado con esta filosofía. Y contribuir, como todos, al diseño de espacios que emocionan, que cuidan, que transforman.

Porque al final, todo lo que elijo —materiales, personas, palabras— tiene que estar al servicio de algo más grande: La paz, la belleza, la autenticidad. Y si un espacio logra eso… entonces ha cumplido su propósito. Y yo también.

Diseñamos contigo. Con visión, con ética, con alma.

FrAncisco SilvÁn CorrAl – adi@arquitecturadeinterior.com – Diseñador de Interiores

Blog – www.ArquitecturaDeInterior.com –

“diseño de restaurantes en Madrid”, “interiorismo estratégico”, “errores al abrir un restaurante”.

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